Ocurre a menudo que un exceso de luz nos impide ver la realidad de las cosas. La verdad. Tanta claridad nos ciega, como le ocurrió a Dante cuando llegó al más alto nivel del cielo, el Empíreo. Pero una vez que la vista se acostumbra, la luz no hiere y el ojo se recupera y, como narra el genial poeta italiano en su Divina Comedia, es entonces cuando ganamos la perspectiva suficiente para ver el Paraíso en toda su extensión. No ver la verdad no significa que no sea cierta. Solo quiere decir que estamos momentáneamente cegados y que eso nos confunde. Dante tenía el amor de Beatriz para recuperar su vista, el resto de los mortales debemos buscar en nuestro interior y fijarnos en la esencia de las cosas. En su más íntima sustancia. Hay que apartar toda la contaminación que nos rodea y fijarnos en lo que estamos seguros que es cierto. ¿Qué sentimos? ¿Qué nos acongoja? ¿Qué nos provoca miedo? ¿Qué nos produce alivio? Las respuestas son la esencia de la vida. Y esa esencia hay que mirarla con el olfato, hay que sentirla en la pituitaria, con el más íntimo de nuestros sentidos, el que actúa mucha veces como si de un súper poder se tratase. Como el aracnosentido de Spiderman. La vida es una certeza. La felicidad solo una posibilidad que se siente en la nariz.