Máscaras

AROUSA

No me disfracé el sábado. Tampoco lo haré hoy. Todos mis amigos lo hicieron. Disfrutan siendo piratas, payasos, policías y boxeadores por un día. Hubo uno que hasta se disfrazó de El Porri. Ya saben, el dueño del mítico bar Corsario que ahora ha revivido las buenas noches de marcha en su Áncoras. No me gustan ni el carnaval ni los disfraces. Me siento ridículo. Quizás es que simplemente lo soy. Vestido de Batman o de mí mismo. Lo cierto es que me da pereza ocultarme bajo una careta. Ya lo hacemos a diario, ¿no? Es de lo que se trata. De esconder lo que sentimos. De parecer lo que no somos. De olvidarnos de lo que jamás nos olvidaremos. De recordar lo que ya no nos rondará más por la cabeza. De restar importancia a lo vital. De dársela a lo que no la tiene. La vida es un carnaval. Un baile de máscaras. Un ir y venir de mentiras travestidas de verdad y de verdades que jamás lo han sido. ¿Cómo quieren así que me guste disfrazarme? ¿Para qué? Con esto del carnaval me pasa lo mismo que con la leche. Me gustaría que me gustase, porque veo a los demás disfrutar mucho con ello. Pero yo no puedo. Ni una cosa ni la otra me sientan bien. Quizás no debería darle tantas vueltas a esto. Quizás solo pasa que soy un tipo aburrido. Eso será.