Solo el que ha estado enfermo de verdad sabe lo que es no tener salud. O el que ha sufrido esta situación a través de un familiar o un amigo cercano, que muchas veces es hasta peor. Es en esos momentos en los que te das cuenta del gran país que hemos construido. Tenemos, aún lo tenemos, un sistema sanitario de calidad y gratuito, que es cierto que se atasca mucho a la hora de atender consultas, pero que funciona como un reloj bien engrasado cuando se trata de una urgencia. Pero las cosas van a peor. El sistema está entrando en colapso y ni el Estado ni las autonomías están a la altura de un problema cuyos síntomas son interminables listas de espera, empeoramiento del servicio y escasez de médicos y especialistas. El diagnóstico está por determinar, porque dependerá de lo que hagamos para evitar que la enfermedad avance. El remedio a este mal pasa por comprender la importancia de la sanidad pública, gratuita y universal y destinarle los recursos que necesita. La medicina es dejarse de malgastar los cuartos de todos en mausoleos de la cultura o en interminables papatorias y no racanear los fondos necesarios para, por ejemplo, ampliar el hospital de O Salnés. A veces parece que los que mandan están enfermos. De ceguera o de ignorancia. Que no se sabe qué es peor.