Desde muy niño, he amado las palabras. Sus sonoridades. Sus significados. Sus recovecos. Su perfección. Recuerdo que cuando llegaba a un pueblo cualquiera, en uno de los viajes que hacía con mis padres, siempre me daba por pensar en el nombre del lugar. Detrás de un Altamira, un Valencia o una Mérida había historias mágicas, de lugares con vistas sobrecogedoras, de ejércitos valientes o de ciudades para el retiro de los mejores entre las legiones romanas. Porque las palabras son más que palabras. Siempre. Son como las personas que merecen la pena, que enamoran diciendo a la cara lo que quieren esconder y, sin embargo, lo hacen de tal modo que hay que escuchar atentamente para captar un mensaje que, sin embargo, gritan. En las palabras está todo lo que fuimos, lo que somos y todo lo que esperamos ser. Están nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, que es lo único que tenemos en esta vida. La palabra es la primera bienvenida. Con ella al principio te ocultas y construyes un muro que después tú mismo destruyes con más palabras. Las personas somos un poco como aquellas ciudades de mi infancia, que llevaban la solución a su misterio escrita en grandes letras mayúsculas de color rojo pintadas sobre fondo blanco. Y, aún así, nadie las leía.