Vivimos en una sociedad hipócrita que dice una cosa y hace la contraria. Todo lo que rodea al narcotráfico lo certifica. Muchos de los que critican a los traficantes, esos que se echan las manos a la cabeza en los bares y piden mano dura, acto seguido, en ese mismo bar, se van al baño y se meten un tirito. Luego están los que no les importa mancharse las manos con el dinero sucio de. Los que reciben esos billetes de buena gana, aunque luego argumenten en público que a los narcos hay que hacerles el vacío social. Un vacío que es imposible de lograr mientras sigamos viviendo consagrados al dios dinero en un punto intermedio entre Sodoma y Gomorra donde no es que haya corrupción, sino que todos estamos más o menos corruptos por una opulencia que defiende que la felicidad se puede comprar con pasta. Es verdad que es casi imposible lograr que la gente se deje de drogar y que, por tanto, la lucha contra la venta de estupefacientes es una tarea inmensa y eterna. Pero a lo que sí se le puede meter mano es al blanqueo de capitales. Al Capone cayó por eso, no por vender alcohol en el Chicago de la Ley Seca. La pregunta es por qué los gobiernos no hacen mucho al respecto. Ha llegado el momento de darle a los narcos dónde más les duele, en el bolsillo.