El «Teatro Besada» animó muchas tardes a los grovenses. Años después de su cierre, la estirpe de su fundador sigue subiéndose a los escenarios
30 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En el plantel del grupo de teatro Enxebre hacen falta actores. Chicos interesados en asomarse a ese balcón que es el escenario, envueltos en el traje y la piel, que diría Sabina, de todos los hombres que nunca serán. «Ponlo, ponlo, a ver si se anima alguien», comenta Isabel, la astilla de nuestra historia de hoy. A sus 26 años, Isabel es toda una veterana en esto del teatro aficionado en la comarca. Con solo once años se incorporó al taller de teatro de Enxebre. Lo hizo «un poco empujada», reconoce hoy Miguel, su padre. Pero el empujón iba en la dirección correcta, porque a la niña le encantó ser actriz. Y lo que es mejor: demostró desde muy pronto que se le daba bien eso de actuar.
Se estrenó ante el público haciendo de una de las hermanas de Saturio, el protagonista de Os vellos non deben de namorarse. De los momentos previos a salir a escena no recuerda gran cosa: solo que estaba muy nerviosa. Su padre, Miguel, estaba entre el público al borde de un ataque de ansiedad. «Yo y mi mujer estábamos peor que ella. Más pendiente de lo que hacía que de la obra», cuenta. Y la chica, todo lo que hizo, lo hizo bien. «La gente, cuando me veía, me decía que había estado estupenda», narra el orgulloso padre. Ese «sáelle á casa» con el que muchos grovenses evaluaban la actuación de la entonces joven actriz tiene su explicación. Miguel, el padre, es un artista polifacético. Pinta, canta en una coral y, por supuesto, actúa. «Una vez, Enxebre necesitaba a alguien para hacer de un hombre de cierta edad y con una voz sonora. Y pensaron en mí». Ha pasado más de una década desde que se subió al escenario, y ya no se volvió a bajar.
Para cuando se estrenó con Enxebre, Miguel ya estaba bien curtido en mil batallas teatrales. Y es que a él el amor por el teatro también «lle sae da casa». Cuando apenas levantaba un palmo del suelo hizo del enanito mudo en una adaptación de Blancanieves que corría a cuenta de Remy Gorostidi, el director de una compañía vasca que había llegado a O Grove para actuar en el Teatro Besada, el negocio del abuelo de Miguel. El auténtico palo, dice, de esta historia de amor por las tablas y la escena. Porque el abuelo pasó su afición a su hijo, que tanto en O Grove como en Venezuela pasó largas horas subido a un escenario. De ahí llegó a Miguel, y de éste a Isabel. Ambos han coincidido una única vez sobre el escenario. Fue durante la obra A Pousadeira, en la que la hija interpreta a una comedianta dispuesta a exprimir hasta el máximo al Marqués de Forlipopoli, al que da vida su padre. Será casualidad, pero para los dos ese ha sido su papel más especial.