La carretera que une Vilagarcía con Cambados soporta durante todo el año un tráfico intenso. Pero ese adjetivo se queda corto para lo que ocurre durante los meses de verano, cuando la procesión de coches por esa vía se vuelve realmente insufrible. También aumenta de forma considerable el número de transeúntes que circulan por la zona. Y la convivencia de máquinas y humanos sobre el asfalto no siempre resulta sencilla. En San Miguel de Deiro, por ejemplo, existe un cruce en el que confluyen varias vías. Unos semáforos allí colocados deberían amortiguar el lío de tráfico que se monta a cualquier hora. Pero esas señales lumínicas no hacen su función: desde hace semanas permanecen apagados, para indignación de quienes residen en la zona.
Aunque los vecinos no quieren actuar como pájaros de mal agüero, algunos de ellos advierten de que «un día vai haber unha desgraza, e despois todo o mundo se vai lamentar». Sus advertencias surgen de la experiencia: en ese punto ya se han producido atropellos, algunos de ellos mortales, y nadie quiere que se repitan esas escenas como aquellas. Ahora, en verano, la densidad del tráfico hace que los peatones se desesperen aguardando un momento propicio para cruzar, y muchos de ellos acaban olvidando la prudencia y lanzándose al asfalto pese a la proximidad de vehículos circulando.
Los vecinos recuerdan que en ese cruce se mezclan coches y peatones que circulan tanto por la general como por las secundarias que allí desembocan: las procedentes de las localidades vilanovesas de Viñagrande, San Roque, Cores o A Igrexa. Semejante ejambre de caminos, la falta de visibilidad que se registra en algunas de esas vías, y las averías de los semáforos convierten ese cruce en un punto negro.