En San Vicente quedan cuatro carros de vacas del medio millar que llegó a haber. Uno esculpido en piedra toma ahora el relevo
09 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Los carros de vacas o de bueyes se han convertido en piezas de museo. Hace cuarenta años todavía era corriente verlos transitar por las pistas rurales y hasta se atrevían con los arcenes de las carreteras comarcales; hoy, simplemente, han desaparecido. El de San Vicente de O Grove no es un caso excepcional pero sí sirve para ilustrar este fenómeno; de los quinientos carros que llegó a haber en la parroquia, a día de hoy solo quedan cuatro.
El dato lo desveló el presidente de la comunidad de montes de San Vicente, Manuel Ochoa, que el sábado ofreció su particular homenaje a la cultura del carro y a lo que representó en el pasado no tan lejano. Lo hizo a propósito de la inauguración de la escultura del carro de vacas que ese mediodía se inauguró al lado del centro social de As Baladas, coincidiendo con el acto de inauguración de las obras de la carretera de San Vicente.
Después de haber invertido más de 6 millones de euros en la reforma de este vial y más de cuatro años en obras -los trámites empezaron mucho antes-, la Diputación de Pontevedra consideró que un proyecto de este calibre bien merecía un broche con firma de autor. La idea de recurrir al carro partió de los colectivos sociales de la parroquia y el encargado de darle forma fue el artista local Rafael Meis Blanco, que el sábado se canjeó los aplausos de todos los presentes por su buen hacer.
Doce toneladas de granito
Este escultor autodidacta ha erigido una pieza que reproduce fielmente los carros do país a partir de una mole de doce toneladas de granito. Después de más de dos meses de intensa labor con el cincel, el resultado es una pieza de 7,5 toneladas de peso, cinco metros de largo, dos metros y medio de ancho y dos metros de alto, a la que no le falta detalle.
Con esta escultura, San Vicente quiere dejar testimonio de una parte de su historia en la que el carro era un exponente de su forma de vida, eminentemente agraria y ganadera, y que a las nuevas generaciones le queda ya muy remota. «Non volveremos oir a un carro cantar», señalaba con nostalgia Manuel Ochoa.
Pero gracias al arte de Rafael Meis y la iniciativa vecinal e institucional, los conductores que frecuentan esta carretera sabran que, antes que ellos, lo hicieron labradores y las marelas .