La fiebre pasó rápido y no es cuestión de recuperar ahora el discurso del fútbol como narcótico. Ni siquiera -cuando las cosas van bien- como pegamento para un Estado de nacionalidades que precisamente veía la inexcusable derrota en cuartos como la prueba de que no había aliento común para llevar a los de la selección a la gloria. Pero el caso es que durante los días de euforia futbolística se vieron como nunca banderas de España en balcones y gente sin complejos vestida de rojo.
Un gran avance. Porque la gente desacralizó y despolitizó la bandera. La usó con naturalidad para enjugar las alegrías y no para envolver cadáveres, como desgraciadamente sucedió tantas veces en nuestra historia. Porque la inmensa mayoría de la gente ya no relaciona la bandera con Franco. Cientos de miles de jóvenes que tienen ahora en torno a 30 años ya ni recuerdan la imagen de Tejero pistola en mano. Muchos niños de hoy vincularán en su memoria los colores amarillo y rojo con los paradones de Casillas, los pases de Iniesta y los goles de Villa.
Lo mismo que con la bandera sucede con otros símbolos del pasado. La instalación de una escultura-fuente con la efigie de Franco en Caldas de Reis solo escandalizó a un partido político. Y habrá también quien se ofenda por el uso jocoso que se hace del personaje. Pero a los ciudadanos la polémica les deja más bien indiferentes. En todo caso, es motivo de chascarrillos en el café y, como dijo el alcalde, un reclamo para dar a conocer el festival que se celebra en el pueblo.
Ese distanciamiento con el pasado es una bendición para el futuro. Esa es la ventaja que tiene la nueva generación con respecto a sus padres, y no digamos con sus abuelos. Porque claro que hay que conocer la historia y los errores del pasado, pero no puede funcionar como una tenaza. Asumir el pasado con naturalidad y sin ira es un síntoma de madurez.