Vivir con un compostero no es difícil: es cuestión de método, de costumbre y, como pasa siempre con la convivencia, de rutinas. De ello da fe Carmela Vidal, Carmela a de Jesus, que desde hace casi una década comparte su espacio familiar no con uno, sino con tres depósitos de residuos orgánicos. «Ao principio era un pouco rollo, pero agora resúltame facilísimo», asegura esta isleña. «Na cocina teño un recipiente para ir botando todo o que ten que ir ao composteiro. ¿Qué comes unha laranxa? Pois as mondas van para alí. ¿Qué usas un anaco de papel de cociña? Para alí», dice. El cubo que contiene todos esos desechos viaja una vez al día a la huerta, donde Carmela tiene tres composteros colocados. «Hai que remexer e controlar a humidade, e se o fas non hai cheiros, nin bichos nin nada», dice esta energética isleña. Se declara encantada, porque el abono en el que se transforman los residuos le sirve para sus fincas: «Así que para min é estupendo: non contamino, nas miñas terras boto abono natural, e ademais son cartos que aforro». Sus amigas también se benefician de las buenas prácticas de Carmela: «Téñolles dado compost para que o boten nas macetas da casa, porque como non cheira...».
La misma satisfacción que trasluce Carmela se refleja en el rostro de María del Carmen Otero Pardavila. Ella solo tiene un compostero, aunque ya ha solicitado otro al Concello. «Traballar con eles é moi fácil. Ademais, a dificultade que poida ter ven compensada con creces polas satisfaccións que xenera», dice.
¿Y cuáles son esas satisfacciones? Carmen, que tiene el compostero perfectamente instalado bajo una parra en la huerta de su casa, señala un trozo de tierra en el que pronto plantará ajos. «Para empezar, consigo un abono natural de todo para as miñas hortalizas». Pero hay más: «Pode ser que a basura que eu deixo de tirar non sexa moita, pero é a miña aportación ao coidado da natureza». Los kilogramos de materia orgánica que ella recicla son kilogramos que no llegan a los contenedores, que no producen malos olores en las calles de A Illa y por cuya destrucción el Concello no tendrá que pagar ni un euro a Sogama.
A Carmela y a María del Carmen les encantaría que fuesen más las personas que se adentren en el mundo del compostaje. Una experiencia que desde A Illa se está exportando a otros ayuntamientos gallegos: varios concellos de Ourense y el ayuntamiento de Meis se han interesado ya por el modelo isleño. El ejemplo parece ir cundiendo.