El Albariño para quien lo «trabaja»

AROUSA

Los cambadeses, los primeros en fichar. No se puede negar que la rubísima Marlene le dio lustre al Albariño y que el conselleiro y compañía le imprimen institucionalidad, pero la fiesta cambadesa va mucho más allá. La fiesta es sobre todo de y para los que no salen tanto en los papeles y que llevan medio siglo alimentando una tradición que ha acabado en convertirse casi en una catarsis colectiva. Si hay una fecha en Cambados propicia para encontrarse con los cambadeses, esa es el primer fin de semana de agosto. Nadie quiere faltar. Los que están trabajando cogen las vacaciones estos días y si están fuera hacen los kilómetros que haga falta para reencontrarse con su patria chica.

El «chiquiteo» de las dos es sagrado. Los que trabajan procuran adelantar la hora de salida para darse tiempo a probar unos vinos con los amigos y compañeros. Así que es muy fácil, ayer sin ir más lejos, encontrarse a las dos de la tarde en el Paseo da Calzada con buena parte del personal de los bancos de Cambados, con los alumnos del obradoiro de emprego o con los trabajadores del Concello que, estos días, no perdonan. Los políticos, tampoco: Tourís y su equipo volvieron ayer a llenar su copa y Tabuyo y Caamaño también han visitado el recinto estos días. Y por supuesto, estaban las peñas con sus características camisetas a cada cual más coñera o irreverente -por cierto, hoy a la una se falla el premio del concurso de camisetas en Exposalnés-. Y los de Unha Grande Chea, y el vendedor de la ONCE, y los turistas que acuden a la carpa de Dismarga a darse la zampada de mariscos... todos vuelven año tras año a cumplir con la tradición y lo seguirán haciendo hoy y mañana. Es que lo del Albariño, más que una fiesta del vino, se ha convertido en devoción.