ENTRE LÍNEAS | O |

03 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

VIVIMOS tiempos en los que cumplir una promesa es noticia. En los que el compromiso carece del valor de antaño. Los políticos incumplen sus promesas. También los que no lo somos. ¿Cuántos divorcios se tramitan cada año? Y eso que los que se casan por la Iglesia -que siguen siendo la mayoría- se prometen amor eterno. Es sólo un ejemplo, pero los hay de todos los colores y condiciones. Ya no hay palabra. Yo no soy así. Jamás prometo algo que sepa que no voy a cumplir. Para empezar, soy de los que cree que trae mala suerte faltar al compromiso. Y ese temor supersticioso tan poco racional me hace mantenerme firme. Un apretón de manos antes era suficiente para sellar un negocio. Hoy sigue teniendo validez jurídica, pero en esta época de jetas ya no te puedes fiar. Bueno, aún quedan personas con las que puedes darte la mano y saber que cumplirá su parte. Con las que tienes la certeza de que no cambiará lo pactado. Y con las que sabes que mantendrá esa actitud no por lo que vayas a pensar tú de él, sino para que él pueda seguir pensando bien de sí mismo.