Exquisitos

AROUSA

AREOSO | O |

31 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

A VECES perdemos el norte. Se parte de una iniciativa con un objetivo bien marcado, y el asunto va subiendo de tono hasta tal punto que llega un momento que la finalidad inicial se confunde entre el común de los mortales y se acaba llegando a una absurda exquisitez con enormes dosis de subrealismo que linda con lo ridículo. Ya estábamos acostumbrados a que pasara con el mundo de la moda. Uno ve desfilar a Penélope Cruz por la alfombra no roja de los Goya y la imagen vale la pena, tanto como la de Nicole Kidman por la de los Óscar. Son guapas, tienen cuerpo y van bien vestidas. Es lógico que sus modelos inspiren a las mortales para, pongamos por caso, vestirse para una boda. Pero ese objetivo inicial del mundo de la moda, el de que nos embellezca el vestido, hace tiempo que se olvidó en las pasarelas, donde desfilan escuálidas modelos disfrazadas de vampiros con unos trajes -por llamarlos de alguna manera- imposibles de llevar a la calle. Auténticos carnavales en los que lo único que importa es la competición entre los diseñadores a ver quién va más lejos. Estábamos acostumbrados al mundo de la moda, digo, y ahora pasa lo mismo con los fogones. La comida sirve para alimentarnos, y la cocina, para que ese alimento sepa más sabroso al paladar. Pero como vivimos en la abundancia y además se tiene que notar, ahora los llamados restauradores, que no cocineros, se dedican a preparar menús imposibles que les llevan veinticuatro horas y en los que, lo de menos, es que alguien se los coma, sino la rivalidad entre unos y otros de haber quién es más audaz y consigue que su plato salga en los medios de comunicación. Y pobre del amo o ama de casa que se le ocurra intentarlo en su humilde cocina. Pues qué quieren que les diga. Allá ellos. Yo soy feliz comiendo en vaqueros un cocido gallego. Otros, no pueden. Pobres exquisitos.