ENTRE LÍNEAS | O |

31 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE unos días que veo a dos operarias municipales de aquí por allá por las calles de Vilagarcía armadas con una pala, un cubo y un fusfrís con un producto especial para ablandar y poder después retirar los múltiples chicles que hay pegados a las aceras. Si pierden un minuto en mirar hacia abajo se darán cuenta de que en cada baldosa hay uno, dos y hasta tres chicles petrificados y ennegrecidos. La verdad es que ni me imaginaba que tanta gente consumía esta golosina masticable. Debe de ser porque yo no lo hago nunca. De todas formas no me sorprende tanto que a la gente le guste la goma de mascar, sino el hecho contrastado y comprobado empíricamente de que haya tantos guarros sueltos por ahí que tiran el chicle al suelo como si nada. Indagando en la cuestión, he sabido que este no es un mal local, sino que en todas partes, salvo en las idílicas sociedades escandinavas o en Suiza, tienen el mismo problema. En Singapur, por ejemplo, prohibieron el consumo de chicle por este motivo. ¿Pero tanto cuesta tirarlo a una papelera? Pues parece ser que sí.