Nuevos tiempos

AROUSA

AREOSO | O |

01 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO era una niña, vivía a apenas cien kilómetros de mis abuelos. Íbamos a verlos cada dos o tres semanas, y en ese tiempo nos comunicábamos con ellos por carta. No hace más de un cuarto de siglo, pero entonces los teléfonos todavía eran un artilugio poco usual. Evidentemente, las cosas han cambiado mucho desde entonces. Las cartas son hoy un medio residual y un poco romántico y los buzones han prácticamente desaparecido del paisaje urbano. Hoy el teléfono es un aparato cotidiano e imprescindible, y la mayoría caminamos pegados a él como si de un órgano más de nuestro cuerpo se tratase. A través del correo electrónico podemos comunicarnos con cualquier parte del mundo en apenas unos segundos, e incluso podemos hacer una compra a miles de kilómetros con la seguridad de que llegará a nosotros en menos tiempo del que tardaban las cartas de mi madre en cruzar la provincia de Pontevedra. Todo ello, claro está, siempre que la burocracia no se cruce en nuestro camino. Eso ya es otro cantar. Resulta increíble que en esta que llamamos la era de la comunicación un niño tenga que esperar semanas por una medicación que debe llegar desde Francia. Es cierto que los trámites y el papeleo sirven muchas veces para evitar que se cometan irregularidades o, por lo menos, para detectarlas cuando las hay. Pero también lo es que el sentido común es siempre mejor consejero que cualquier normativa. En este caso, el sentido común dice que un sistema sanitario no puede mantener a un niño durante quince días con una tenia en su organismo. Cosas como esta no pueden ocurrir por mucho que traer un medicamento de Francia exija cumplir con no sé qué protocolos. Situaciones de este tipo hacen pensar que más que estar en la era del avión y las tecnologías, la Administración vive anclada en la de la diligencia.