AREOSO | O |
04 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.HACE tiempo vi una película especial que hablaba sobre el amor. El hijo de la novia metía el dedo en la llaga sobre una cuestión eclesiástica. Una pareja que se quería, tenía que enfrentarse a la temible enfermedad del olvido, al Alzheimer. Lejos de distanciarse, el marido de Norma decidió cumplir el viejo deseo de su esposa: casarse por la Iglesia. Sin embargo, el cura no les autorizó a dar ese paso. El problema fundamental que alegó el sacerdote fue la incapacidad de la mujer para tomar una decisión con verdadero consentimiento. Ante esta prueba, lejos de tirar la toalla el amor estuvo por encima de la moda, cerca de la creencia y lejos de la hipocresía. Al contrario que muchas de las parejas que deciden contraer matrimonio por simple rutina y que al cabo de unos meses deciden separarse. No quisiera meterme en camisas de once varas. Cada uno que tenga su creencia. Es democráticamente respetable. En el caso de la muerte ocurre una situación parecida. Cuando se quiere a una persona de verdad, y ésta desaparece, se la recuerda cada día, sin necesidad de hacer ninguna ceremonia, pero igualmente esto se hace por amor, por ese sentimiento que mueve a desear que la realidad amada alcance lo que se juzga a su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido. Tal como señala la RAE. En la actualidad, según mi opinión, se está perdiendo el verdadero valor que se le da a este tipo de actos litúrgicos. Sobre todo, cuando el dinero está por el medio. Más que un acto para recordar a nuestros seres queridos, se está convirtiendo en un verdadero negocio. Para realizar un cabo de año, es necesario pedir vez casi con un año de antelación. Este hecho, lejos de reflejar el valor espiritual de la ceremonia y recordar al muerto públicamente, se acerca más a un acto de marcado tinte materialista.