Reportaje | El «Hidria II» vuelve a la ría O Grove es el puerto de la memoria. Junto a los homenajes a los mecos represaliados, se han organizado actos para dar a conocer la verdadera dimensión de la tragedia
29 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.HOMENAJE A DON JACOBO. En 1968, O Grove homenajeó a Don Jacobo. En la imagen aparecen, entre otros, los alcaldes republicanos Xacobe Barral y Pepe Besada, los maestros represaliados Juan Domínguez y Claudio Iglesias, junto con los presos políticos Antonio Galiñanes y Saturnino Mejuto Seoane. Pintores, futbolistas y hasta las autoridades del momento -alcalde y cura- se sumaron al acto. ?l Monte de San Cristóbal se puede ver desde casi cualquier punto de Pamplona, pero pocos son los que conocen la historia que se esconde en la cumbre de esa montaña. Es una historia desagradable. Una historia de frío, de hambre y de muerte. La de los miles de hombres que, durante más de una década, malvivieron en el alto fuerte, presos por haber estado, de una u otra forma, del lado de la República. Desde hace unos años, la letra de esa página perdida de los recuerdos empieza a salir a la luz. Esta tarde, en la lonja de O Grove, los responsables de esa investigación explicarán, con palabras y con imágenes, por qué para hablar de San Cristóbal se dice «cárcel de exterminio». El acto de esta noche es uno más dentro del programa de actividades organizado con motivo de la llegada a O Grove del Barco da Memoria. El Hidria vuelve hoy a una ría que también se desangró en el lejano penal: por allí pasaron 35 vilagarcianos, 19 cambadeses, trece grovenses, ocho vecinos de Ribadumia y tres censados en Vilanova. Entre los mecos que dieron con sus huesos en el penal se encontraban hombres que, también hoy, serán homenajeados en O Grove: Don Jacobo Otero, Xacobe Barral, y Miguel Mandías. Los vecinos con los que compartieron presidio eran, en su mayoría, marineros: Manuel Currás, Francisco Iglesias Franco, Arturo Mascato, Albino Iglesias, José Antúnez, Juan Allo e Ignacio Francisco Caneda. También había un zapatero, Leopoldo Fernández, un aserrador, Luís Antúnez y un obrero, José Dadín Novás. La mayoría de ellos llegaban a lo alto del monte de Pamplona procedentes del infierno de San Simón. Al llegar a su destino, comprendían que el infierno tiene muchos círculos, y que el peor de todos estaba en aquella cumbre inhóspita a donde habían sido trasladados. Pero aún en el corazón de la desesperación, los presos se empeñaban por abrir grietas para que entrase la esperanza. Por una de ellas se coló el himno de los encarcelados, escrito por un arousano, Rogelio Diz. Setenta años después, algunos supervivientes siguen cantándolo.