AREOSO | O |
28 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.A MÍ el fútbol me da de lado. Ni me interesa, ni me divierte, ni le veo la gracia. No me pasa lo mismo con el nacionalismo español que se disparó cuando empezó el Mundial: ese me resultó gracioso durante unos días. Luego comenzó a resultarme molesto. Y el martes estaba tan harta de los colores del equipo nacional que me provocó cierto regocijo ver como desteñían con el detergente francés. La evolución de mis sentimientos al respecto de los chicos de Luis Aragonés no tiene nada que ver con ellos. En general, los jugadores de fútbol me parecen tipos bastante grises, pero los del combinado español no son más grises que el resto. De su juego no voy a decir nada: si no entiendo en qué diablos consiste el fuera de juego, menos puedo hacer un diagnóstico sobre las cualidades de los chicos de España. Tampoco tuvo que ver mi ira creciente con el debate del Estatuto. Y eso que yo creo que Galicia es una nación (y no sólo la de Breogán), así que podría haberme sentido ofendida por el brote de españolismo generalizado que me rodea. Pero hasta eso no jugó en contra de la selección de Aragonés: no voy a discutir sobre política en pantalón corto, medias y botas con tacos. Lo único que realmente me molestó fue la prepotencia y la agresividad que emanaban los aficionados españoles y los comentaristas españoles. Empezando por la publicidad del canal en el que jugaba la selección y terminando por la feroz burla que en un programa de radio se hizo de los oyentes franceses a los que previamente se les había invitado a participar. Todas esas actitudes, tan chulescas, fueron colmando el vaso de mi paciencia. Hasta que acabé deseando que Francia ganase el partido, aunque fuese por la mínima, y que el sueño del Mundial se fuese a hacer gárgaras. Y eso que jugamos como nunca (y perdimos como siempre).