CON GOTAS
16 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LOS QUE trabajamos con las palabras olvidamos a veces que, además de escribir sobre nuestras vidas, lo hacemos también sobre las de los demás. Hace un mes retraté en estas líneas el bar Love, de Santiago, histórico local que ofrecía cobijo a estudiantes y currelas, unidos por el hecho trascendental de no tener un duro. Lucía le daba alma. Era, supongo que todavía lo es, una mujer tierna peleando en una vida dura. Esto es, simplemente, lo que quise reflejar; el temple de una persona que durante años nos trató como a miembros de su pequeña familia, junto a su hijo, Camilio, un chaval muy legal. A Lucía no le gustó, y a mí sólo me queda disculparme, por gilipollas y por meterme donde nadie me llamaba. Y esperar que la misma mano que le acercó aquel artículo a Compostela, haga lo mismo con éste.