AREOSO | O |
15 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.PARECE que hay cierta preocupación en Ravella por la estética de las varas con las que se señalan los parques de cultivo de Carril. El paisaje quedaría mucho más mono si no estuviesen esos antipáticos palos surgiendo del medio del mar. Sin las dichosas estacas, la estampa de Cortegada sería mucho más apreciada por los turistas veraniegos. Todos esos argumentos son, cuanto menos, cuestionables. A mí, particularmente, no me disgustan los palos de la discordia. Tanto estéticamente, como por lo que esconden: un modelo de trabajo del mar. Si fuese madrileña, los palos de los parques, las mariscadoras sachando el mar, o los entresijos de las bateas me llamarían poderosamente la atención, despertarían mi curiosidad y harían que al llegar a la Castellana le contase a todo el mundo lo exótica que puede resultar Galicia, llueva o no llueva. Puede que yo sea un persona rara, pero no lo creo. En un momento en el que toda la costa gallega se esfuerza por aprovechar el tirón turístico del trabajo en el mar -miren el ejemplo de la cofradía de O Grove, que espera empezar a trabajar en agosto con turistas. O hacia Lira, donde los visitantes aflojan el bolsillo para salir al mar-, en Vilagarcía no hace más que fomentarse la idea de que marisqueo y turismo son incompatibles. Pero para algunos las varas de los parques son feas y las algas que limpian las mariscadoras -porque diga lo que diga Cuervo las algas no son producto de su trabajo: sólo son producto del mar- antiestéticas. Y es encomiable la preocupación del Concello por defender su criterio estético, especialmente en un lugar con tanto encanto como Carril. Aunque claro, si el modelo de belleza paisajística que persigue Ravella es la faraónica urbanización de A Tomada, permítanme temblar. Por mí, por los colores con los que se pinta mi gusto particular, y por los vecinos de Carril.