El método Dafoe

MARÍA REY

AROUSA

AREOSO | O |

29 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO ardía Mississippi, William Dafoe era Anderson, un enjuto agente del FBI que tenía un caso: aclarar la muerte de unos jóvenes activistas por los derechos civiles en una América sureña, calurosa y decadente. También tenía un culpable a gritos: el siniestro kukusclan. Pero Anderson tenía un problema: quería seguir las normas, a toda costa. Y las normas jugaban a favor de los malos de siniestras sonrisas y dientes blanqueados por la seguridad de que el sistema estaba de su lado. Durante toda la película el bueno de Anderson se da de bruces contra la realidad. Pese a su empeño, sus impecables interrogatorios no sirven para destapar la verdad. Por eso, despechado con las normas y desesperado al ver como los malos se salen con la suya, decide recurrir al «modo Ward». Ward era Gene Hackman, uno de esos polis de vuelta de todo que tanto abundan en las cintas americanas. Un tipo violento pero que supuestamente tiene un corazón de oro y que, por supuesto, está siempre del lado correcto. En una escena terrible, Ward amenaza con una cuchilla de barbero al despreciable sheriff del pueblo. Anderson, que había prometido no interrumpir la escena, se mesa el cabello y se retuerce las manos a las puertas de la barbería. Hasta que decide entrar y mandar parar. Pero uno de sus hombres le cierra el paso, y él se deja detener a tiempo. Al final los malos pagan. El enjuto agente parece contento de que se haya hecho justicia. Lo que no sé es si se quedaría satisfecho de cómo se hizo. Esa es la duda que me retuerce las tripas cuando acaba la película. Porque en el momento, llevada por el frustrante argumento, yo misma apretaría la navaja contra la garganta del dichoso sheriff y le arrancaría una confesión a golpes. Con suerte me parecería a Ward. Sin suerte, a Bush. Por eso, pese a todo, prefiero el método Dafoe. Porque las normas están para saltárselas. Pero también para cambiarlas.