AREOSO | O |

20 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

HAY palabras que me dan miedo. Hubo un tiempo en el que escuchar a los políticos pronunciar la palabra «partido» me ponía los pelos de punta. «Estoy a disposición del partido». «Iré donde me mande el partido». «El partido ha decidido tal cosa». La mayor parte de las veces que escuché ese tipo de frases fue en ruedas de prensa de dirigentes de un determinado grupo político. Con el tiempo, entendí que hablaban de ese ente abstracto porque quedaría muy feo decir que estaban a disposición de sí mismos, que irían a donde les diese la gana, y que tal lo habían decidido ellos mismos. Ahora la palabra que me da miedo es «sector». La escucho todos los días de mi vida, y cuando lleva consigo el apellido «mejillonero» me dan escalofríos. Estoy harta de oír hablar de los problemas del sector. Cansada de escuchar proclamas sobre el futuro... del sector. Aburrida de tesis y teoremas sobre el sector, ese ente abstracto que tiene muchos doctores, pero que ha pasado de gozar de una salud más que buena a estar al borde del caos. Las palabras son importantes. Tan importantes, que el lenguaje moldea los cerebros y las formas de pensar. A veces da la impresión de que en la cúspide del sector mejillonero (que me perdonen las excepciones, que las hay) se encuentran personas que han abusado tanto de la palabra sector que se han olvidado de lo que significa. Creen que el sector es un ente filosófico, y se equivocan. El sector (mejillonero) son las miles de personas que viven de las bateas. Gente que tiene cara, hijos y vidas. Gente que probablemente se haya desinhibido de las responsabilidades (todos tendemos a hacerlo, a veces), pero que no se merece que sus representantes se enzarcen en batallas que no llevan ni a conquistar mercados ni a garantizar futuro. Como diría mi abuelo, sólo haría falta un poco de sentidiño.