CON GOTAS | O |
07 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.DAVID Hume planteaba que lo único que nos asegura que el sol salga cada mañana es la mera costumbre. O algo parecido. Al amanecer, dirigimos la vista hacia el Este y nos topamos con la bola de fuego que nos calienta e ilumina. La repetición de la misma pauta cada 24 horas, a lo largo de millones de años, ha convencido a este mono alopécico que es el ser humano de que la salida del sol constituye una verdad física inmutable. Idéntico principio es el que el buen chateador aplica a su ronda. El amante de los tróspiros, bregado en lustros de comprobación empírica, sabe que cada día, a la hora del vermú, las puertas de sus tabernas favoritas se abrirán para darle cobijo a él y a sus compinches. Que los puntos de parada obligatorios estarán siempre ahí, con la misma implacable puntualidad con que las pelotillas del desierto van colonizando ese espacio perdido que se esconde bajo la cama. Pero, compañeiros, esta fortaleza psicológica fundamental con la que habitamos el mundo, y que tan bien cantó el filósofo escocés, se desmorona por momentos en Vilagarcía. La rondilla ya no es lo que era. Se cae el Mariño, la Parra cambia de manos, el Pernil fulminado. Por venirse abajo, hasta la pescadería de Sabarís echa el candado y se traspasa, por acumulación de chollo del amigo Eduardo. Acongojado ante la perspectiva de tan irremediable cataclismo, expulsado de su sueño empírico por una demoledora realidad, el rondador se abalanza sobre sus últimos reductos para guarecerse de la intemperie. En el centro, nos queda la Baldosa, Os Arcos y, según a qué horas, lo de Moe's. Y Antón para charlar un rato. Malos tiempos para las tabernas y los chiringuitos de siempre. Hasta los furanchos parecen ahora palacetes de sátrapa oriental. No quedan más opciones que buscar nuevos territorios de caza. Carril, los domingos por la mañana. Por ejemplo. Es lo que hay.