Espinazos de arena y sal

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA

AROUSA

En directo | Un día de trabajo en O Grove

04 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

?esde las inmediaciones del puente de A Toxa se ven los cuerpos de muchas mujeres inclinadas sobre el mar. Son las mariscadoras de la cofradía de O Grove, que con frecuencia acuden a doblar el espinazo a la Vía, uno de los bancos de almeja más ricos de toda la zona sur de la ría. De lejos, la imagen está preñada de gallegidad de postal. Pero las estampas bucólicas suelen tener trampa. Y es conveniente acercar el foco a los rostros para descubrir el frío, los madrugones, el reuma que se cuela por los huesos. Bajamos a la arena un día de lluvia. Y en la arena nos encontramos, en primer lugar, a Teolinda. Teolinda presume de edad, pero no de cadera. Hace algún tiempo se la rompió y desde entonces, cuando baja a la playa, lo hace armada con un sacho. Así no tiene que mover tanto la cintura, dice. De un montón en el que parece no haber nada extrae una almeja. La mira, la examina, y la lanza al cubo que tiene a su lado. A su alrededor, todo el mundo trabaja con angazo. «É moito mellor», confiesa Teolinda. «Sobretodo agora, que non se ve tanto marisco coma antes», insiste. Una de las que maneja el angazo al lado de Teolinda es Mari Carmen. Trabaja algo alejada del resto del grupo, como si estuviese enfadada con las demás. Pero no es así: es cuestión de estrategia. «Aquí cada unha ten o seu librillo. Hai quen proba nun sitio e se non atopa, cambia para outro. Pero eu teño o tempo xusto, así que me quedo nunha zona e traballo nela ata que collo o cupo, se me da tempo, claro». Los ritmos de Mari Carmen los marca su hijo: ser madre y trabajadora también es duro en la playa. «Hai que andar a correr todo o día», dice. A lo mejor, en otro trabajo podría resultarle más fácil combinar horarios. «Pero a min encántame baixar á ribeira. Chova, vente, faga sol ou faga frío, encántame». Le gusta ese trabajo desde que estaba en el colegio. Quizás esa querencia por la playa se la inculcó su abuela, también mariscadora. «Morreu nesta misma praia», recuerda su nieta. «Veu traballar e xa quedou aquí». Para economizar tiempo, Mari Carmen no se baja la capucha de su impermeable ni cuando la lluvia se interrumpe unos instantes. Solita si se la bajó, pero se arrepiente enseguida: enseguida vuelve a caer esa lluvia fina que lleva toda la mañana sin despegarse del cielo. Solita es de las veteranas, una mariscadora de toda la vida. «Antes baixabamos á praia descalzas, agora vimos preparadas. Quexiámonos de vicio», dice mientras se recompone el traje de aguas. Va perfectamente uniformada, con unas botas de goma que parecen haber sido hechas a propósito para sus pies. Lo cierto es que las mariscadoras saben pertrecharse: las mujeres que trabajan con la horquilla y el agua a medio camino entre la rodilla y la cintura, van vestidas de neopreno. En la playa hay tiempo para todo. Para compartir problemas, alegrías y hasta cotilleos. La actividad no se para más que para tomar una bocanada de aire un poco más larga de lo normal. Hasta que el mar, o los topes, marcan hacen sonar el timbre de salida. Entonces, las mujeres inician la lenta retirada que las llevará, en coche o en bicicleta, hasta la lonja. Allí se cribará el marisco y se apartará el que no de la talla, o el que exceda los cupos. Y luego, por fin, el vale que certifica el trabajo bien hecho.