AREOSO | O |

23 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

YA no es posible distinguir a los de ciencias de los de letras. Todo el mundo tiene que tener las cifras en su cabeza, porque los números nos persiguen en el día a día. Y no hablo del dinero, en el que el personal ya no sólo calcula la lista de la compra, sino que hace inmediatamente la traducción a pesetas en un continuo ejercicio mental. El día a día obliga a un recordatorio ineludible para poder realizar la más necesaria de las acciones. Te despiertas y, si decidiste desconectar el teléfono móvil para evitar llamadas o mensajes a horas intempestivas, has de introducir el código pin si quieres que funcione un aparato que se ha convertido en imprescindible. Que conste que los celulares han traído un par de ventajas. Por un lado, no has de acordarte del teléfono de Julio para poder llamarlo porque lo tienes en tu agenda. Por el otro, cuando Julio te llama y no te apetece hablar con él, el identificador de llamada te ahorra muchas conversaciones innecesarias. Estábamos encendiendo el móvil, cuando nos dimos cuenta que la noche se alargó más que de costumbre y que hay que pasar por el cajero automático. Otro código a recordar, y de nuevo con la amenaza de que todo se vaya al garete si te equivocas un determinado número de veces. Lo has conseguido. Tienes la cartera llena y el teléfono funcionando. Así que, para el chollo. Pero entrar ya no es tan fácil. Cuatro números para abrir el portal inteligente y otros cuatro para desconectar la alarma. Creías que ya lo habías conseguido, pero no. Has de encender el ordenador, con nueva petición de clave (ya van unas cuantas y aún no es la hora del vermú), mirar el correo electrónico de la empresa (aquí el número de dígitos se eleva a seis) y si le echas un vistazo al de yahoo más de lo mismo. Todo un infierno de cifras y, en nuestro caso, de letras.