Un día cualquiera

AROUSA

CON GOTAS | O |

20 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL ESCAPARATE vidrioso de un bar de la Baldosa expone, desde que el jefe echó el cerrojo, un juego de té a medio usar encima de una mesa. La lluvia va y viene, como la gente, atareada en sus alegrías y sus miserias, cayendo hoy más que ayer, tal vez menos que mañana, pero las tazas ahí siguen, absolutamente ajenas al hecho de que nunca completarán ya el círculo para el que fueron creadas. Nadie las levantará por sus asas, nadie endulzará nada con sus cucharillas, ni llenarán ni vaciarán otra cosa que miradas distraídas hasta que, una mala tarde, más tarde o más temprano, alguien las recoja para arrojarlas a un cubo de basura. Como las cosas que nunca te dije, o las palabras que gasté, de tanto usarlas, hasta robarles su sentido y convertirlas en marionetas rotas, sin hilos, incapaces de comunicar nada más que la estupidez del que se llena la boca con ellas en lugar de hacer lo que debe y realmente quiere, tantas veces aplazado con promesas de baratillo. Qué ven las gafas rotas, qué dice un libro que no se abre, adónde conduce un billete de tren que no se ha utilizado o las ruedas ajadas de un carro al que importa un comino que el orden de los elementos altere o no el producto, porque ya nunca habrá bueyes que poner, ni delante, ni detrás, ni abajo, ni arriba. Los caminos que un día abrieron la selva, el propio bosque los habrá sepultado, sin tregua, sin dejar más huella tras de sí que la débil memoria de quien pueda recordarlos durante un tiempo breve. Y, después, nada de nada. Tal vez en alguna parte habite un arreglador para tantas piezas quebradas, el restañador de los olvidos, la tecla que pueda escribir el final de las historias perdidas. Tal vez llegue el día en alguien repare en el juego de te que dormita en el escaparate de la Baldosa y sirva un par de tazas. Y se lleve con su gesto los sentimientos oscuros que el plomo de la lluvia de invierno tatúa aquí dentro, un lunes cualquiera.