AREOSO | O |
07 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.HOY la columna va de animaladas. A saber, galgos ahorcados en los pinares de Sevilla, tigres tiroteados en Badajoz, toros que sucumben a puyazos cada año en los ruedos de todo el país. Escarbo un poco más en mi memoria y me acuerdo de las peleas de perros, las peleas de gallos..., de algunos zoos, de algunos circos. Y si tiro de hemeroteca hasta les puedo poner nombre propio. La cabra que tiran de un campanario en Manganeses de la Polvorosa o los gansos de Lequeitio de cuyo pescuezo se cuelgan los mozos hasta que les queda la cabeza en la mano. Qué divertido. Y el personal aplaude y jalea igualito que los romanos lo hacían a cuenta de los cristianos que se comían los leones. Me acuerdo yo hoy de los pobres animales tras ver en el periódico la foto de unos zorros abatidos, colgados por el rabo en Portas. Me conmueve no por ser una imagen nueva, pero sí por ser próxima. Como si no se cazara todos los días en los montes de O Salnés, pero se ve que el desayuno frugal de ayer no combinaba bien con la carne de caza. No puedo entender a la gente que disfruta matando bichos, ni como ver sufrir a un animal puede resultar divertido. No comprendo a los cazadores, ni a quienes van a ver una lidia de vaquillas escuálidas y asustadas a Meis, ni a quienes azuzan a las burras en San Miguel (no hace mucho lo hacían con espuelas). En el siglo XXI, en la Europa civilizada y con leyes y normas que amparan los derechos de los animales, en esas seguimos. Pero claro, con la sacrosanta tradición y la cultura popular nos hemos topado. Mis jugos gástricos todavía justifican que se mate para comer, aunque algo de cargo de conciencia me queda sólo de imaginar la agonía de un centollo escaldado. Cargarse a un ser vivo como pasatiempo no lo hacen ni los animales.