ENTRE LÍNEAS
31 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.TIENE OCHO años y lleva los últimos dos en Galicia. Llegó con sus padres desde el Uruguay y actualmente toda la familia está plenamente integrada. Sin embargo, Camila a menudo tiene morriña de su país natal. Yo le digo que eso es porque se está volviendo gallega poco a poco y que la morriña es algo así como nuestro estado vital. Sin embargo, su nostalgia tiene otras razones. Aquí es feliz. Le gusta su colegio. Le gusta nuestro país. Le gusta Vilagarcía. Todo está más o menos bien. Como no veía a qué se podían deber sus desvelos, el otro día le pregunté que por qué preferiría volver al Uruguay. «Porque allí no hay que hablar gallego», me contestó. Me quedé pensativo. Está claro que el deber de los inmigrantes es aprender el gallego. Pero también es el nuestro hacer que lo amen y no lo odien. De otra manera, nuestra lengua no tendrá futuro.