ENTRE LÍNEAS
05 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.EL OTRO día encontré unas bragas rojas en el cajón de mis calzoncillos. Sorprendido, las cojí, las observé y me di cuenta de que eran de mi mujer. Comprendí que mi madre, que hizo la colada el día anterior, las había colocado allí creyendo que eran unos calzones míos. No me extraña. Las bragas en cuestión eran de todo menos femeninas. Aunque, a decir verdad, tampoco eran tan masculinas como para pensar que eran de un hombre. Al menos no de uno como yo, cuya única concesión a la metrosexualidad es el bolso y una crema de aloe vera para después del afeitado. Vivimos tiempos de ambigüedades. Tiempos en los que un calzón puede ser una braga. En los que un pijama puede ser una sudadera o en los que un hombre puede ser una mujer -y viceversa-. Tiempos en los que matamos y torturamos en nombre de la libertad.