AREOSO | O |
24 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.AHORA QUE falta poco para que Martin Scorsese estrene un documental sobre uno de mis cantantes preferidos, Bob Dylan, recuerdo que, no hace mucho tiempo vi una de las mejores películas de este director americano. Uno de los nuestros muestra, mejor que ningún otro clásico como puede ser El Padrino, el drama que lleva implícito el mundo de las drogas y de la mafia. Sin embargo, para muchos críticos de cine esta película pasa desapercibida al mencionar la extensa bibliografía del director de Taxi Driver o Toro salvaje. Uno de los nuestros es el drama de un joven que, poco a poco, se introduce en el mundo del trapicheo y del contrabando. Se rodea de amigos imposibles, que sólo piensan en pegar un tiro al primero que se le cruza en el camino y de ajustar cuentas incontables. Estos jóvenes mafiosos se gastan la pasta que ganan en livianos caprichos de altos vuelos. Juegan a ser mayores y pintan con carmín de fuego los labios de sus jóvenes mujeres. Todos ellos tienen la mirada triste y la rabia en el cuerpo. Cuando muere el día, la noche les asalta y su conciencia traidora no les deja descansar. Son como almas duermevelas manchadas de sangre. Con el paso de los años, esta camorra ve como su círculo de amigos se va cerrando. No pueden lucir sus lujos porque cantan y no porque sus voces desgarradas desafinen. Scorsese, mejor que nadie, pone música fresca a imágenes violentas, porque violento es ese mundo. Un mundo podrido, que destroza al verdadero ser humano con la envidia de querer lo prohibido, de tener lo nunca poseído, de sortear la ley y saltar al vacío. Personajes que imitan la realidad y que, como dice Sabina, «bucearon contra el Everest, y se ahogaron, nadie les enseñó a merecer el amparo de la virgen de la soledad, que pequeña es la luz de los faros del que sueña con la libertad».