Crónica
02 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?ntes o después, la pugna por definir qué quiere ser el Partido Popular en Vilagarcía debía llegar a este punto. El aire nuevo aportado por Fole, un hombre sin experiencia anterior en política, por fuerza no podía ser bien recibido por todos los compañeros del hoy presidente de la gestora. Al fin y al cabo, en la formación conservadora militan un buen número de veteranos afiliados, supervivientes de mil y una razzias internas, que después de tanta lucha intestina tal vez no se vean representados del todo en una formación que afronta su acción cotidiana sin aquellas firmes convicciones ideológicas ancladas en la derecha más clásica que tan buenos resultados dieron en tiempos de Rivera. Antes o después, el mismo problema de definición acabará desatándose en el conjunto de Galicia y de España, dentro de un partido que debe explorar caminos tras morder el polvo en las elecciones catalanas, generales, europeas, vascas y las gallegas. Rivera Mallo es, precisamente, uno de los principales escollos a los que se enfrenta el PP de Fole. Porque el líder independiente, como el abismo de Nietzsche, siempre devuelve la mirada a los populares. Porque Rivera es como un espejo en el que los conservadores ven reflejado no sólo su pasado, sino también lo que podría ser su partido de no haber pasado lo que pasó, allá por el 96. Porque, en definitiva, cuando Rivera dice «soy cristiano» y vota no y punto a todo lo que huela a bodas gais, hace lo que a muchos militanes con carné les pide el cuerpo.