CON GOTAS | O |

11 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

ES UN principio bien asentado. Los edificios institucionales, especialmente aquellos que acogen los servicios más incisivos sobre la vida cotidiana del administrado, jamás deben permitirse una alegría fuera de sitio. Nada de vegetaciones exuberantes, nada de arquitecturas coloristas, nada de invitaciones al reposo, a la meditación, a la comtemplación estética. Nada de nada, lo único que deben inspirar es respeto y punto, no vaya a ser que el personal se deje llevar y acabe creyendo que el juzgado de turno es una especie de terraza amable, en la que echar un chatillo, o comience a meditar sobre la conveniencia de pasar una temporadita de vacaciones en esa cárcel tan chuliña, que parece diseñada por Mariscal. No hay duda de que el autor de la nueva comisaría de Vilagarcía bebe de esta fuente clásica. El inmueble tiene una indudable utilidad. Pero es feo con avaricia, y convierte a la sede judicial, aquélla que en su día echó a Jaureguizar a los pies de los caballos, en una de las maravillas del mundo conocido. Lo que ya no tiene nombre es su parte posterior. Cualquiera pensaría que el antiguo León XIII, A Pescadería y, en general, el único barrio histórico del que quedan trazas en la ciudad, merece categoría de espacio singular. Sin embargo, allí han levantado una tapia de veinte metros, sin una mala ventana ni un reposo a la molicie. Un tremendo farallón, un hormigonazo que arruina las pocas vistas que ya se abrían ante dos conocidos y concurridos hostales. Todo un brindis al turismo. Y no será el último mientras no se exija que los proyectos, al menos los públicos, se integren en su entorno.