CON GOTAS | O |
08 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LO CONOCÍ hace cosa de cinco años. Pelo largo, cano, tirando a escaso, barba, cincuenta inviernos encima. Hablaba y veía el mundo con la libertad del que no tiene nada que perder. Vivía a su aire. Una pensión esquelética le daba la primera vidilla. Sobre ella iba construyendo lo que buenamente podía, haciendo sonar la flauta, con alguna pulsera de cuero, tendiendo la mano. Lo hacía sin darle la brasa a nadie, sin molestar, sin atosigar al personal con historias raras. Un día me contó de una mujer, de unos hijos que ya son hombres y mujeres, en Avilés. No lo entendían, o él no se hizo entender. Da igual. Al final, optó por sacarse de enmedio, por echarse el macuto al hombro y empezar otra vida, sin reproches, «no iba a estar dando el coñazo, ¿no?». Y así vino a dar a Vilagarcía. Le gustaba calentarse el cuerpo y el alma con el pacharán que hace mi suegra, Vicenta, que unas veces sabe a anís y otras a licor café. Todas las navidades caían dos o tres botellas y unas chistorras. Se fue la víspera de San Xoán, se apagó como las brasas de las hogueras, en la noche más corta del año. Gus, Juanillo, Antonio, María, Cris, la gente del bar de jubilados lo buscaron durante días sin saber que ya había emprendido su última escapada. Si hay un sitio al que ir, después de tan largo viaje, espero que el Guaje esté allí, reservándonos una mesa, un bocata de calamares, como los ponen en el Mariño, y un par de tragos, que harán falta.