Daños colaterales

AROUSA

AREOSO | O |

07 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HE ESCRITO varias veces esta columna. Todas, con la cabeza puesta en Londres. La primera versión, la de la mañana, era fría y cínica. Los muertos, a aquella hora, eran pocos. Más mueren en Irak todos los días y no les hacemos ni caso, pensaba yo, reconcentrada en mis propios problemas. Luego, mi cinismo se fue atemperando. Un amigo me hizo entrar en razón. «Que o de Iraque sexa unha inxustiza (el usó otra palabra), non quita que esto o sexa tamén», dijo. El comentario fue un aporte de sentido común que me hizo recolocar las cosas en su sitio. Luego, las caras asustadas que salían en la tele ayudaron a conmoverme y a espantar la frialdad. El drama era innegable, también en Londres. Esta vez le ha tocado a la flamante sede de los juegos olímpicos del 2012 aportar los daños colaterales del desquiciamiento generalizado que caracteriza el arranque del siglo veintiuno. Porque, a fin de cuentas, los londinenses que ayer fueron golpeados por el terrorismo son daños colaterales, ¿no? Por mucho que residan en el primer mundo -Blair hablaba ayer de mundo civilizado, pero creo que se equivocaba- sus muertes no valen ni más ni menos que las de los inocentes de cualquier otro país del tercer, cuarto o quinto mundo. Mientras eso no nos entre en la cabeza, mal vamos.