El mundo está patas arriba

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña VILAGARCÍA

AROUSA

Reportaje | Curso de intercambio de tareas en Cornazo Los hombres cocinan y las mujeres colocan una instalación eléctrica. No es ciencia ficción; es un curso que refleja lo que deparan los nuevos tiempos

20 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

En la casa de cultura de Cornazo, en una cuidada carballeira que dice mucho de cómo sus vecinos cuidan el lugar, todos los lunes se reúnen un grupo de hombres y mujeres para asistir a un curso de formación. Pero como si de la vieja escuela franquista se tratara, lo hacen por separado. Ellos, en el primer piso, en la cocina, y ellas en el bajo, rodeadas de cables. Las barreras tienen su explicación: lo que aprenden los de arriba están cansadas de hacerlo las de abajo, y lo que se les enseña a ellas se da por hecho, por esa norma nunca escrita del reparto de tareas, que los del primero ya saben hacerlo. Las asignaturas Son los participantes en un curso de intercambio de tareas organizado por la Concellería da Muller de Vilagarcía. Aunque los programas podrían ampliarse en el futuro, dependiendo de la demanda, de momento, ellos aprenden a cocinar, mientras que el currículo que se les exige a ellas es más amplio; tienen tres asignaturas: electricidad, pintura y fontanería. Podría aplicárseles el lema de Somos iguales, somos diferentes, pero un análisis más profundo de la realidad ofrece sus dudas. Bastó con preguntarles por los objetivos que se habían marcado a la hora de apuntarse al programa. A los hombres se les veía contentos y relajados, igual que cuando juegan la partida en el bar. No van por necesidad, van por afición, porque les mola lo de cocinar. Uno de ellos es hijo de cocinero. «Meu pai quixo apartarme disto, e agora teño que aprender pola miña conta». Para ser justos con la banda masculina -una decena de mozos de distintas edades acuden al curso- habrá que reconocer que los más jóvenes se preparan para lo que les pueda tocar en el futuro. «Hai que aprender de todo ¿non?», decía uno. A las mujeres, en cambio, les empuja la reivindicación feminista. «Gústame facer as cousas, non depender de nadie», decía una. Y también ese sentido del ahorro doméstico tan enquistado en la parte fémina de la sociedad. «Logo tés que chamar a un electricista e gastas un montón de cartos». En el piso de abajo se respiraba un ambiente aplicado. El de arriba era más relajado. Les tocaba cocinar, claro. Seguro que cuando llegue la plancha les cambia el semblante.