La corporación retomó la sesión con los vecinos en la sala, una vez aplacados los ánimos Los afectados despidieron al gobierno local con gritos de «fascistas» y «sinvergüenzas»
30 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?uando unos y otros pierden las formas, las cosas suelen acabar como el rosario de la aurora. Sucedió ayer, en el pleno de Vilagarcía. Antes de comenzar, una treintena de afectados por las obras del párking de Xoán XXIII se concentraban a las puertas del Concello. «Son pocos», comentó un hombre que pasaba por allí. Las pancartas, eso sí, elocuentes: «Os beneficios de catro nos joden aos do lado». Minutos más tarde, tomaban asiento entre el público. El tema duró poco. Un debate sobre las actas dio paso al primer punto del orden del día, y con él, la algarada. Fue entonces cuando los vecinos blandieron varios carteles individuales de protesta. Y el diálogo siguiente concluyó con la paralización del pleno. -Gago: «Por favor, les pediría que retirasen los carteles». -Vecinos: «No». -Gago: «Si no los retiran nos veremos obligados a suspender el pleno». -Vecinos, con voces de indignación: «Agora vai ser que o problema somos nós». Uno de ellos, que fue sancionado con 300 euros por intervenir airadamente y sin autorización en un pleno hace meses, se adelanta hacia de los concejales con su cartel en la mano y llama al alcalde «sinvergüenza», recordándole aquel capítulo. Sus compañeros le aplauden. Tres policías locales lo desalojan. «Isto é unha vergonza», se escucha entre el público. -Gago: «Aquí están los representantes legítimos del pueblo de Vilagarcía, y merecen todo el respeto». -Vecinos: «¿Nosotros no?». -Gago: «Si no se callan y retiran los panfletos, suspendo el pleno». Dicho y hecho, la sesión queda en el aire. Pero el regidor quiere dirigir unas palabras al concejal de EU, que desde hace semanas presta su voz al colectivo de Os Duráns: «Gracias, señor Fajardo...». Las protestas no le dejan terminar la frase. Gago le responsabiliza de lo sucedido. Fajardo le mira entre asustado y alucinado. A partir de este momento, los acontecimientos vuelan. Gago, flanqueado por Cuervo y Quintela, se va a por Fajardo y se acuerda de su madre. El portavoz de Ravella, Jesús Paz, se dirige a los vecinos sin éxito. Araújo proclama con testosterona su libertad para decir y hacer. Y el gobierno se va entre gritos de «fascistas», «chulitos», «sinvergüenzas» y peticiones de dimisión.