Para los caraduras

AROUSA

AREOSO | O |

13 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

UNA va de cenita a casa de sus amigos. Con su esposo, sus niños y, si se apunta, hasta lleva al perro a comer de gorra. Porque, agárrense, los vecinos son de los que tienen padres de aldea, con chorizos de esos que quitan el hipo. Los buenos progenitores que cosechan un albariño divino. Además, estos amigos son de lo más generoso, de los que sacan el Cardenal Mendoza y compran langostinos a la mínima, para ensalzar esa amistad que nos une. Porque somos íntimos. De uña y carne toda la vida, con guateques juveniles y penas en común. Nos lo pasamos en grande. Brindamos por lo bien que nos va y nos chupamos los dedos porque hoy nos pusieron percebes. Son tan buenos, que no riñen cuando mis hijos le rompen el jarrón de Sargadelos. Por amistad. Una pasada. Juerga padre hasta que, en las copas, un poco bolinga, me parto un diente contra la mesa. Contra su mesa. Entonces me pongo triste y al día siguiente voy al dentista. También al juzgado. ¿A qué? A denunciar a mis amigos. Les recuerdo que fue su mesa la que me lastimó y ellos los que me emborracharon. ¿No se creen la historia? Pregunten en el juzgado cuántas denuncias hay de este tipo. Se lo anticipo, a montones: el patio está lleno de caraduras.