AREOSO | O |
19 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Mi paseo diario hasta la redacción incluye, ineludiblemente, la concurrida plaza de Galicia. Desde primera hora de la mañana, decenas de chiquillas de entre once y catorce años se pasean por el lugar enfundadas en la talla 36 de unos pantalones made in Bershka y una camiseta que deja ver los encantos que, por su escasa edad, todavía no tienen. El pasado sábado pude ver con mis propios ojos como alguna de ellas, mintiendo acerca de su edad, no pasaba el control de alcoholemia voluntario en la zona del puerto. Muchas ni siquiera podían mantener el equilibrio sobre sus tacones de botas de punta. Todas ellas niñas, jovencísimas, delgadísimas y vestidas al más puro estilo Barbie, pegadas al teléfono móvil y con tarjeta de crédito propia. Hijas de una sociedad excesivamente preocupada por el físico y por lo material. El resultado: niñas que viven demasiado deprisa. No hace tanto de mis doce años y, en aquella época, yo todavía jugaba a las muñecas. Hoy añoro aquella inocencia infantil. Dentro de un tiempo, alguna de estas jovencitas que hoy se muere por comerse el mundo, mirará atrás y se dará cuenta de que ha pasado demasiado pronto de niña a mujer.