El palomar Ni el bochornoso calor pudo con la tradición. El día del Apóstol fue un día grande para los carrilexos y, por extensión, para toda Vilagarcía. Y no faltó el glamur
26 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Me voy a poner un poco seria para comenzar, y les voy a sorprender con un toque cultural de mucha enjundia. ¿Sabían ustedes que la danza de las espadas, bautizada como Farsa, es el baile más antiguo de Galicia y que comenzó a bailarse en Carril en 1666 para rendir homenaje al Apóstol? Pues ya lo saben. En aquellos tiempos, un señor discurrió el baile para homenajear el triunfo de Santiago sobre los infieles. Celebración El domingo, los seres humanos que habitaban en Galicia se repartieron en tres zonas. Una la capital, Santiago de Compostela. La otra, las zonas costeras, las playas maravillosas que se pusieron de bote en bote. El tercer ombligo del mundo fue Carril. Ese rincón de ensueño tan cercano, tan bonito, tan feitiño. Allí se celebró el famoso baile sobre el que ya les he ilustrado convenientemente. Y, como siempre, la danza fue un argumento como otro cualquiera para que los vilagarcianos se dejasen ver. Porque la tradición también habla de eso. Es la misma tradición que dice que los danzarines tienen que ir ataviados con ropa blanca y un fajín con los colores de la bandera española. Dice que tienen que arrodillarse y saludar al compás del Himno Español. Y dice que, acto seguido, con sol o con lluvia, tiene que empezar el baile. Después de la danza de las espadas, los bailarines acompañan a la imagen por las calles. El calor En esta ocasión, la danza de las espadas se realizó bajo un sol de justicia. La tan mencionada ola de calor, no quiso dar un respiro a los asistentes a la celebración. Abanico en mano, me dediqué a pelear como una jabata por un hueco en la sombra. Y como yo, casi todo el mundo, la verdad: Conseguir un sitio en la sombra era como intentar buscar algo el primer día de rebajas de El Corte Inglés, imposible. Y si entre el público no paraban las quejas por el despiadado termómetro, que me van a decir de los pobres bailarines. Ellos sí que sudaban la gota gorda. Menos mal que alguien les dio algo de beber para poder reponer líquidos. Pobrecillos. Debo reconocer que yo estuve muy fina a la hora de elegir mi vestuario para la ocasión. Tengo la disculpa de que volvía de la playa y paré por aquello de la curiosidad. La que iba convertida en un brazo de mar era la concejala del PP Isabel Fernández. Vestida con un mantón de folclórica, no pasó desapercibida para nadie. Una flor en el pelo y un abanico saleroso. Como debe ser.