Desde Rusia con amor

La Voz

AROUSA

V.M.

El palomar Toda la gente que lo desee puede acudir de visita al «Mir» durante todo el día de hoy y totalmente gratis. Mañana domingo, la tripulación partirá rumbo a Gran Bretaña

09 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Ayer, nuestra queridísima compañera Begoña Paso se sintió un pelín indispuesta y nos ha pedido a nosotras que cubramos su turno y, como no, lo hemos hecho. Nuestro destino, el muelle de Ramal de Vilagarcía, donde todas las pistas parecían indicar que allí se encontraba un velero ruso que aloja a los integrantes de una escuela naval. Y allá nos fuimos. Después de casi veinte minutos dando vueltas por el aparcamiento de la TIR en busca del lugar exacto donde estaba emplazado el barco y a riesgo de que nos atropellasen, lo encontramos. Allá a lo lejos, con una estructura muy parecida a la del barco del Capitán Garfio, estaba el Mir , ondeando con gracia una gran bandera rusa. Está claro que la marina es cosa de hombres, o por lo menos en Rusia. La tripulación formada en total por cien hombretones curtidos por el sol de alta mar sólo contaba en sus filas con dos o tres cocineras y un capitán que no era capaz de conectar más de dos palabras seguidas en inglés. Nosotras, con nuestro inglés made in Teruel nos intentamos hacer entender como pudimos, pero la tripulación parecía estar más atenta a nuestras voluptuosas curvas de mujer que a nuestras tímidas palabras. Algún atrevido, ya entrado en años, se limitó a decir «niñas bonitas» ajeno a nuestra insistencia por saber dónde se encontraba el capitán. Al fin apareció y, como Pedro por su casa y ante su imposibilidad de comunicarse, cogió nuestro cuaderno de apuntes y nuestro bolígrafo y garabateó un dibujo de algo que parecía ser el barco y sus dimensiones. Total, que el barco en cuestión mide 108,5 metros de eslora y 50 metros de manga, pero os aseguramos (y esto va por vosotras, chicas) que lo mejor está en el interior. El capitán nos dio a entender que podíamos entrar al barco. Nuestra entrada fue triunfal, nos rodeaban una treintena de hombres observándonos con mirada lasciva y lujuriosa. Parecía que llevaban años sin ver a una mujer. Nosotras, ni cortas ni perezosas, nos adentramos en el barco como un guiri en una ciudad extranjera (pero sin mapa). Miramos de aquí para allá, nos asomamos a la barandilla y poco más. Nos dimos la vuelta y allí estaba él. Rubio, alto, de ojos azules y no sabemos si soltero (esperemos que sí). Él era lo que podemos llamar nuestro salvador, el único ser viviente que hablaba inglés en aquel enorme barco. Muy diligentemente y con un perfect english nos adentró en el corazón de ese paraíso terrenal (bueno, o marítimo). Y decimos paraíso porque el barco estaba repleto de jovenzuelos con cuerpos atléticos que estaban ausentes cuando Dios repartió la vergüenza, pues se paseaban con el torso al aire por los pasillos. Nosotras encantadas, claro está, pero aún más cuando, saliendo de uno de los tantos camarotes del barco, uno de los marineros desfiló en ropa interior sin importarle nuestra presencia. La improvisada excursión dirigida por Pauli (o una cosa así) incluyó visita a los camarotes, a los distintos comedores e incluso a la cocina. Pero nuestra mayor sorpresa, no podemos negarlo, fue cuando, en el aula donde se imparten las clases, la pizarra mostraba la letra de esa conocida canción en la que Vilagarcía es puerto de mar.