Escondrijo, calabozo y muerte en Cornazo

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA

AROUSA

Crónica | Homenaje en Vilagarcía a los republicanos asesinados y arrojados a la fosa común La vivienda de Agustín Romero les dio cobertura para esquivar a los fascistas durante seis meses. Al final, tres hombres cayeron bajo las balas por sus meras ideas

14 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?ólo tenía cinco años, pero hay cosas que nadie, en especial un niño, olvida. Andrés Roo aún recuerda aquella noche de mediados de enero de 1937. El rugido de los coches penetrando en Cornazo desde la carretera de Lobeira, la siniestra estampa de los agentes que, arma en mano, asaltaron la vivienda que Agustín Romero, notable de la parroquia fallecido lustros antes, construyó en 1908. Hoy, la casa es pura ruina pero entonces lucía como una de las mejores mansiones de la zona, en manos de los gardeses o caseiros, la familia Aragunde, que habitaba la propiedad y se encargaba de cuidarla. Andrés corrió a refugiarse en la casa de su abuela, donde vivía toda su familia, diez personas para las que nada volvería a ser lo mismo. En realidad, todo había cambiado seis meses antes, en julio de 1936, con el alzamiento fascista del general Franco. Los falangistas habían puesto precio a la cabeza de Luis Roo, su padre, un cantero venido de Noia, y de su tío Luis Iglesias, carretero de Cornazo. Su pecado, militar en un sindicato integrado en la UGT. Ninguno de ellos se echó al monte. Tampoco intentaron huir del país. Hicieron lo que estaba en su mano y lo que les ofreció un vecino: ocultarse en la vivienda de Romero, detrás de una pared falsa de madera, a la espera de que llegasen tiempos mejores y las heladas madrugadas de matanza pasasen de largo. Pronto comprobaron que eludir la persecucion resultaría complicado. La Guardia Civil y los falangistas peinaban Cornazo con frecuencia y obligaban a sus mujeres a salir al camino en plena noche para llamarles a voz en grito. Ellos lo veían, impotentes desde el muro de su escondite. Andrés retiene la imagen de las patrullas penetrando en la pequeña vivienda familiar, a apenas unos metros, y a la mujer de un falangista, que espiaba a su madre y su tía, por si tendían a deshora las ropas de sus maridos. El cerco se cerró en enero, dicen que el delator fue un borracho. Detención, dos días en el calabozo del Ayuntamiento -allí los vio Andrés por última vez- y fusilamiento, junto a Aragunde, en la actual rotonda de Larsa. Los cadáveres, tres tumbas anónimas. Pasados los años, se les exigió 25 pesetas a las familias por guardar las cenizas. Era un precio imposible de pagar. Así acabaron sus restos en la fosa común. No su memoria.