De la ría al tango, ida y vuelta

Sonia Gómez-Patatcha WEST SUSSEX

AROUSA

Testimonio | Crónica desde el exilio de la familia Gómez-Paratcha Hoy vive a caballo entre Miami e Inglaterra. Argentina es una de sus patrias, pero también el recuerdo doloroso de Vilagarcía, Galicia y España, perdidas tras la guerra

14 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

España ardía silenciando castañuelas, gaitas y muiñeiras cuando salí del útero de mi madre para nacer el 2 de mayo de 1937, a los dos días de la llegada de mis padres al puerto de Buenos Aires. Mi padre, tan gallego como la ría de Arousa y enamorado de su tierra y de sus recuerdos, con los años solía llevarme los domingos a ese punto de llegada para repetirme: «Mi España está del otro lado del Río de la Plata, cruzando el Oceano Atlántico». Pero no regresó hasta despues de la muerte de Franco. Yo, crecí sabiéndome importada. Y de paso. A mis abuelos los escuchaba en las conferencias telefónicas de tres minuos exactos que hacíamos dos veces por año. Mi abuelo Laureano, decía yo, tenia voz de lobo. Fuerte. Sonora. Segura. Él y yo pudimos abrazarnos, por primera vez, cuando él llegó a nuestra casa. Yo tenía 13 años. En esos días, fantaseaba con mi vecino de los ojos verdes. Pero la presencia de mi abuelo era tan imponente que me distraía de mis obsesiones, para observarlo. Fui, además, la encargada de acompañarlo al centro de Buenos Aires, cuando él iba al café Tortoni de la Avenida de Mayo, para contarles a los españoles exiliados detalles de sus seis años en la cárcel. Confieso que a veces me dormía. Le escuché tantas veces repetir frente a Elpidio Villaverde, Claudio Sánchez Albornoz, Enrique Yuste, Germán Quintela Novoa, Puceiro y otros ávidos compatriotas, la historia de los varios intentos de fusilamiento a los que fue sometido, que mi mente volvía automáticamente a la imagen de mi vecino y para disimular caminaba alrededor de las mesas del café, sin darme cuenta de que estaba presenciando historia. El tío Vicente Historia pura. La que sería escrita con diferentes versiones, dependiendo de la tendencia del autor del libro. A veces venía también Vicente, uno de los hermanos de mi abuelo, quien también vivía en Buenos Aires. Y creo percibir hoy, desde la visión de mi memoria, que competían un poco por la atencion de la audiencia. Mi tío Vicente vivió primero en La Habana -en donde quedo la tia Lala, quien según decían fue la modista de la oligarquía cubana- y traía anécdotas muy divertidas de su vida en el calor sofocante del trópico, con ritmo de son y de maracas. Los dos, mi abuelo Laureano y mi tío Vicente, fueron complices de algunas de mis experiencias adolescentes. En sus dos viajes a Argentina, mi abuelo veraneó con mi familia, y a mí me obligaban a dormir la siesta todos los días, mientras mis amigos iban a bañarse en el río. Como el abuelo y yo compartíamos el dormitorio, cuando él llegaba a descansar me decia: «Ala, vete, diviértete, que yo les digo a tus padres que te dormiste un rato». Y así fue como olvidé al de los ojos verdes cuando conocí al que bailaba el twist . En la señorial casa de mi tío Vicente, con cuadros imponentes y una biblioteca enorme en su escritorio, viví un par de años junto a mis cinco primos. El tío Vicente era más demostrativo que mi abuelo. Más querendón, como decimos los argentinos. A mi abuelo lo recuerdo distante y un poco envuelto en su propio orgullo. La atencion que despertaban sus conferencias, tanto las del Tortoni como las de Sierra de la Ventana, le creó un club de admiradores, en realidad mucho mas representado por mujeres, quienes lo escuchaban embobadas, incurriendo después en verdaderos papelones para poder sentarse cerca suyo a la hora del cafe. Si todavía hoy recuerdo estos episodios, es porque deben de haber sido verdaderamente llamativos. En la segunda visita de mi abuelo a la Argentina, yo habia olvidado al del twist y regresado al de los ojos verdes. Tenía 16 años, y me gustaba escuchar a Frank Sinatra, a Bing Crosby y a Dorys Day. Sin embargo, cuando íbamos a los tablados porteños a ver flamenco me hervía la sangre; y deseaba subir al tablao a batir palmas. La familia en la distancia Enloquecía a mi abuelo a preguntas. Quería saber todo sobre mi abuela Angelita. Mis tios y mis primos de España. Especialmente Maravillas, quien tenía un año mas que yo. Mirando fotografías, el abuelo me contaba sobre sus vidas; eran las noches, despues del Tortoni, y del resonar de las conferencias que yo ya escuchaba con mucha atención, enterándome que el abuelo habia sido el ministro de Industria y Comercio de la República y que quizá por eso fue encarcelado. Nunca entendí bien por qué. No porque no prestara atención, si no porque no le encontraba explicación alguna, por lo menos nada que yo pudiese llegar a comprender. Ni entonces, ni ahora. Franco forzó el destino Me he preguntado una y mil veces cuál hubiese sido mi destino de no haber existido Franco. Ni la Guerra Civil que impulsó la huida de mis padres a Argentina. Y si mi familia no hubiese sido forzada a separarse por el Río de la Plata y el Océano Atlántico. Y las circunstancias me hubiesen dado la oportunidad de crecer conociendo la calidez de mis abuelos; jugando con mis primos, riéndome con mi tía Nena, con quien compartimos el mismo sentido del humor. Ella hoy vive en Barcelona, y es la enciclopedia de todos los recuerdos de nuestra historia. Mi hija Jimena la visitó con grabador en mano, hace un par de años, en su avidez de juntar los pedazos que fueron esparcidos junto con el estallido de la confrontación que separó a tantas familias, como la nuestra. Cuando llegué a Vilagarcía, el año pasado, traía conmigo la necesidad de visitar el inicio del periplo comenzado en esas tierras gallegas. La urgencia de subir al monte Lobeira, adonde mi hermano, Guillermo, esparció parte de las cenizas de nuestro padre. Y reconocí la fuerza de mi sangre. La de sus latidos. Encontré a Tania por la calle, y ella me llevó hasta la casa en la que vivió mi padre, con mis abuelos y mis tíos. Y a la de Rosina Villaverde, con quien nos envolvimos en un abrazo que homenajeaba a su padre. Al mío. A mi abuelo. A mi tío Vicente. Nuestro destierro. Después, la vida me regaló momentos que sólo pueden saborearse respirando el aire de las rías con las misma añoranza que yo llevaba en mis celulas. Con la madre de Tania, Loli, con Rosina y Margarita nos reímos a carcajadas como si hubiésemos sido amigas toda la vida, compartiendo vino Rioja acompañado por jamon Serrano, con el sabor del mar de Galicia en mis labios. En mis venas. En mi vida. Sonia Gómez-Paratcha es nieta de Laureano Gómez Paratcha, alcalde de Vilagarcía, ministro de Industria en la República, condenado a doce años de cárcel en 1937 por el régimen franquista.