Hoy, en el salón de los jardines, sesión monstruo

M. Villaronga

AROUSA

M.V.

Reportaje | Adiós a un hito de la cultura vilagarciana La piqueta se ha llevado por delante el Varietés y con él, los tiempos heroicos de los primeros cinematógrafos, los del pianista, el explicador y las charlas en el ambigú.

24 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

«1. La Hechicera. 2. Programa en Venecia. 3. Equivocación de un comisionado. 4. Danzas a transformación. 5. Efectos de la leche negra. 6. Debut de Chautteur». Estas seis cintas, de tan enigmático título, fueron las que apenas 500 privilegiados vilagarcianos pudieron contemplar el viernes 14 de agosto de 1908, a partir de las diez y media de la noche, en la sesión -única- inaugural del primer cinematógrafo estable de Vilagarcía: el Salón Varietés. En las vísperas de las fiestas de San Roque, resultó todo un acontecimiento social:«Anoche se ha inaugurado el Salón Varietés con una interesantísima sesión cinematográfica. El público que ocupaba todas las localidades disponibles salió satisfechísimo, tributando entusiastas elogios, especialmente al aparato de cine, cuya precisión en la presentación de las películas fue admirable. Prometemos ocuparnos con la extensión debida de este espectáculo. A su propietario, nuestro estimado amigo Annibal Díaz, le felicitamos muy cordialmente. Así se hacen las cosas», contaba el cronista del Galicia Nueva. Costaba la entrada de preferencia 0,50 pesetas, y la de general, 0,25. Comenzaba, así, la corta pero intensa vida de un cinematógrafo que estos días ha dicho adiós para siempre a Vilagarcía. Fue el 27 de junio de 1908 cuando Annibal Díaz López, vendedor de máquinas de coser, presentó solicitud de licencia de obra para un edificio destinado a cinematógrafo, en un solar del empresario Daniel Poyán. Al tiempo que Cortegada Ni el momento ni la elección del lugar fueron casuales. Vilagarcía estaba sufriendo una profunda transformación urbanística, pero también social y económica, fruto de su conversión en «puerto natural de Compostela», en detrimento de Carril. Era el momento, igualmente, de la donación de la isla de Cortegada a Alfonso XIII, con todas las expectativas que eso generaba, de los primeros intentos serios de unir Vilagarcía, Carril y Vilaxoán. También acababa de nacer el diario Galicia Nueva. Al tiempo que se levantaba el Varietés, se subastaban las obras del puente de A Toxa y de la carretera de Pontevedra a O Grove por la costa. Por eso el momento no fue casual, ni la ubicación tampoco: Frente a la plaza de Ravella, que en esos momentos veía crecer sus plátanos, de apenas cinco años, el Salón Varietés estaba en el inicio de la calle Bilbao, comunicación esencial entre el centro administrativo (el ayuntamiento), el comercial (calle del Comercio -hoy Valentín Viqueira-, la Alameda y la calle de La Marina) y el de ocio (en la misma calle Bilbao estaba el Café Inglés, al fondo el Café Universal y, a la vuelta de la esquina, en el edificio que hoy acoge la Casa de Cultura, el Salón García). Visto así, y dicho en términos actuales, el Varietés estaba en plena pomada . Pero es que, además, la primera vez que los vilagarcianos habían visto cine había sido, precisamente, en la Plaza de Ravella, el antiguo Campo de Cabritas y lugar de mercado, donde también se celebraban las fiestas. A principios de siglo XX, el cine era una atracción más de feria, como el tiro a pichón o la mujer barbuda. Y fue así como, en 1901, el itinerante Salón Victorius Graph llegó a Vilagarcía, a las fiestas de San Roque. Como en tantas otras villas y ciudades de Galicia, aquel ingenioso invento -cuanto más se le diese a la manivela, más graciosas resultaban las imágenes proyectadas- llamó la atención de empresarios locales. «Si cada verano el Victorius se llena, esto debe ser chollo», debió de pensar Anibal Díaz. Y allá fue. Las obras fueron un visto y no visto: comenzaron el 15 de julio de 1908 y un mes después, el 14 de agosto, abría sus puertas. «Así se hacen las cosas», que decía el intrépido reportero. Un galpón en llamas Claro que, como se puede comprender, aquel no era más que un galpón, un barracón de feria más, pero fijo. Apenas un año después, el Salón sufrió un pavoroso incendio. Y vuelta a empezar. Los vecinos colindantes reclamaron del ayuntamiento que no se permitiese. Pero los munícipes no lo veían así: "Considerando que siendo una de las causas de prosperidad de esta villa las condiciones que en ellas concurren en la estación veraniega, condiciones que debemos mejorar cuanto sea posible, proporcionando a los forasteros las mayores facilidades para su esparcimiento y satisfacción, siendo notorio el buen resultado que a tal objeto ha dado el edificio incendiado, haciéndose notar la falta de tan honesta distracción...", el gobierno local no sólo autorizaba la reconstrucción, sino que ampliaba la concesión a diez años. El que no quiere una taza... Manuel Villaronga es historiador.