AREOSO | O |
24 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.HACE CASI una década, un grupo de avezados comuneros de Noalla descubrieron que cambiándole el nombre a una piedra podrían lograr que su comunidad se hiciese con el control del istmo de A Lanzada. El timo era un tanto burdo, pero la falta de pericia, de ganas o de lo que fuese, hizo que los responsables del Xurado de Montes se quedasen con la estampita que les habían colado y obrasen el milagro administrativo de llevar los límites de una parroquia fuera del municipio al que ésta pertenece. En el Concello de O Grove el asunto se entendió como una anécdota costumbrista de las que tanto abundan en este país de localismos amargos. El expediente se archivaría en un cajón, como tantos otros, seguros los buenos de los ediles de que el istmo de A Lanzada es de todos y no es de nadie, como el mar y como el aire. Pero se equivocaban. La comunidad de Noalla convirtió la batalla por el istmo en su señal de identidad. Dieron la batalla por los kioskos de playa y por los cuatro carriles. Y tocaron el hueso del sentimentalismo meco con un monolito capaz de causar disgusto sólo por su apariencia. Al final, el asunto llega al juzgado. Es el sumario contra la tontería.