El palomar Bañistas de A Lanzada decían ayer haber presenciado el rescate de un joven que se había fracturado un hueso por un golpe de mar. Sólo habían visto un simulacro
08 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Un grupo de personas chapotea en el agua de A Lanzada. Pero no chapotean como si se lo estuviesen pasando bien, no. Chapotean como si se estuviesen ahogando. Dos socorristas cruzan a la carrera la playa. A uno de ellos, un bañista lo acompaña unos metros apurando el paso para lograr saciar su curiosidad sobre si ha ocurrido algo. El joven ni se inmuta y sigue corriendo. Se lanza al agua. Vuelve a la arena arrastrando un cuerpo inerte. Hay una emergencia. Podría ser el relato de una verdadera tragedia, pero no. Es el relato del simulacro que ayer se realizó en la playa de A Lanzada para saber si el Sapraga funciona como tiene que funcionar. Las cámaras de televisión y los fotógrafos destacados en primera fila de olas atestiguaban que aquello no era, afortunadamente, más que un espectáculo. Sin embargo, no a todos los bañistas les encajaban las piezas con igual claridad. «¿Cómo se habran enterado tan pronto los periodistas del accidente?», se preguntaban algunos de los que se habían agolpado alrededor del herido. Mientras tanto, los efectivos del Sapraga seguían a lo suyo: intentar salvar una vida. Y aunque se trataba de una ficción, lo cierto es que le pusieron empeño y concentración. Eso, como usuaria habitual de A Lanzada, me tranquiliza, que quieren que les diga. Dejo a los socorristas trabajando en el masaje cardíaco a su víctima y me concentro en los mirones. En un niño llorando angustiado, pensando que alguien se iba a morir, y en sus padres arrastrándolo lejos de la dantesca escena. En un señor, embadurnado en crema protectora, que mira horrorizado el espectáculo hasta que de repente exclamó un sonoro «¡pero si es de mentira!». Hay quien se iba de la playa convencido de que había pasado algo. Una hipótesis extendida era la de que un joven se había roto la cadera por un golpe de mar. Pero quien realmente merece todo mi respeto es la mujer que estaba tranquilamente leyendo bajo su sombrilla cuando le plantaron delante todo el espectáculo. La mujer sólo apartó los ojos de su lectura para retirar una toalla que el socorrista le iba a pisar. Y después, se parapetó en la lectura de las mejores dietas. 2.300 toneladas de pollo congelado no parece ser un alimento recomendable para los que quieran perder esos molestos michelines. No se apuren, esa cifra no es la cantidad de pollo ingerido en ninguna fiesta gastronómica. Es, simplemente, la carga con la que ayer arribó a Vilagarcía el barco Green Maloy. Llega de Paranaguá, en Brasil. Y el pollo llega así, tan fresquito él. Y mientras, en A Lanzada, calor y más calor. Tanto, que a un bañista le dio una lipotimia de verdad. Menos mal que el operativo ficticio se dio por finalizado en cuanto apareció el helicóptero. Y esta dicharachera reportera se dio un merecido baño.