CON GOTAS | O |
08 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.PESE al florido discurso oficial que emana de las alturas, un discurso plagado de referencias a la normalidad, al afecto y a la reconciliación, parece que los mismos promotores de esta idílica visión de la historia son los primeros en traicionar su edulcorada e interesada visión de las cosas. En una sociedad adulta y plenamente consciente de su realidad histórica, rendir homenaje a las gentes que cayeron asesinadas en un turbio y detestable episodio como la Guerra Civil no supondría mayor esfuerzo que la búsqueda de una fórmula adecuada. En Vilagarcía, sin embargo, las dudas y los resquemores surgen en cuanto se plantea tal posibilidad, incluso entre quienes deberían situarse a la cabeza de la iniciativa, a poco de mantener fidelidad a las siglas que representan. En Ponteareas, la caída de la saga de los Castro se traduce a las primeras de cambio en la desaparición del busto de Franco de la plaza mayor. ¿Y aquí? Durante cuarenta largos años, la Dictadura elevó a los altares a los gloriosos caídos del Movimiento, aunque en la mayoría de los casos no fuesen más que hombres y mujeres forzados a combatir sin desearlo. De lo que se trata ahora es, simplemente, de reconocer la deuda contraída por una ciudad con quienes se dejaron la piel luchando por la libertad y la democracia, o directamente fueron asesinados por sus ideas. ¿Qué puede haber de malo en ello? ¿Es que alguien tiene miedo de algo? ¿Volverán las oscuras golondrinas? Miren, algunos dirán que los rojos también mataron gente. Bien, pero aquí, en Vilagarcía, en Galicia, no. Aquí lo que hubo fue una cacería protagonizada por camisas azules, los mismos que prendieron la mecha. Ya está bien de café para todos.