La asociación Don Bosco reunió ayer en A Compostela a cerca de mil chavales que descubrieron juegos y bailes tradicionales de distintos países
07 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Agotada Así acabé yo ayer, después de un viaje acelerado a mis días de juventud (corrijo: a mis días de infancia o adolescencia, porque jóven sigo siéndolo, de momento). Les cuento. A media mañana, ni corta ni perezosa, me fui de paseo hasta la playa de A Compostela, donde se iba a celebrar la Feira do Mundo. Se pensarán ustedes que me iba de compras... Pues se equivocan. Iba dispuesta a trabajar, y créanme que sudé la gota gorda. La invasión Lo cierto es que esperaba una mañanita tranquila. Pero me equivocaba. Cuando llegué a la meta, me encontré allí con casi mil mochilas apiladas a la sombra. Y cada una tenía propietario, con lo cuál, si las matemáticas no me fallan, allí debía de haber otros mil chavales. No sé la cifra exacta, pero créanme: sobraba la energía. Los rapaces, llegados de varias ciudades de Galicia, estaban dispuestos a pasárselo en grande. Unos, los más activos, no se perdieron ni uno de los juegos, bailes y actividades varias organizadas por la asociación Don Bosco. Otros, ya más creciditos, aprovecharon para cruzar sus primeras miradas de amor con las compañeras de viaje. De directores de toda esta escena, unos monitores disfrazados con los atuendos que consideran «tradicionales» de varios puntos del globo terráqueo. Sobre eso, tengo dudas razonables, y eso que no soy una experta en moda. La mirada Me dieron mucha envidia. Que quieren que les diga. Si no fuese porque no iba vestida para la ocasión me habría sumado a los juegos y bailes. Ahora me alegro de no haber llevado ropa adecuada. Porque si sólo del paseo hasta la playa y de perseguir a los monitores (con fines informativos, se lo aseguro) acabé agotada, no quiero ni pensar cómo estaría si me hubiese puesto a dar saltos. Con cucharilla me tendrían que haber recogido. El coche Tanto me dolían los pies después de mi sesión de espectadora, que estuve a punto de llamar a un amigo para que me fuese a buscar en coche. Pero creo que finalmente acerté regresando a patitas a casa. Y es que la comarca es un atasco continuo, permanente, aburrido y capaz de generar ataques de histeria. No sé cómo logré el pasado domingo saltarme todas las colas y pasar de los vikingos de Catoira a los cabaleiros del Albariño de Cambados en un tiempo reducido. No sé como lo hice, pero me juran mis compañeros de trabajo y mis compañeros de cervezas que aquello fue un milagro que ni yo misma podría repetir en estos días de verano y obras. Y coche. Yo, por lo pronto, he decidido pasarme a los transportes alternativos. Cuando pare por Vilagarcía optaré por el coche de San Fernando, ya saben. En O Grove me subiré a esas bicicletas gratuítas que ha puesto el Concello. En Cambados y A Illa me apuntaré a la moda de los trenes turísticos.