La ilusión de Cristian y Canela es ganarse la vida enseñando el deporte que mejor conocen. Él ha realizado infinidad de llamadas ( chamadas suena en acento porteño, tan lejos y tan cerca) para asesorarse. Su primera parada fue en el Concello. « Achí me dijeron que tenía que crear un club», explica Cristian. Un par de chamadas más y ya tenía los estatutos. «Lo más difícil ya está hecho», debió pensar. Ingenuo él, no contaba con la dificultad de un último trámite, tan inane como dificultoso en su caso. Para poder formalizar los estatutos de su club, Cristian necesita cinco firmas. Su mujer, todavía sin la nacionalidad española, no es válida para este requisito y, por increíble que parezca, la pareja comienza a tener dudas de poder reunirlas. «Vos tenés que poner en el diario que nesesitamos l as firmas», dice Canela, incrédula ante el convencimiento del periodista de que ese será el menor de sus problemas. La ilusión es su mejor arma. La ilusión y unos conocimientos que parecen suficientemente contrastados por sendos currículos, que tanto en uno como en otro caso, reflejan incluso campeonatos sudamericanos. El primer objetivo es conseguir que el Concello incluya una escuela de patinaje artístico en su oferta para la próxima temporada. A partir de ahí, los dos están convencidos de que su trabajo será el mejor aval para que una disciplina, inédita prácticamente en la comarca por no decir en el estado, pegue un estirón importante. Tanto Cristian como Canela se ganaban la vida en Buenos Aires dando clases de patinaje artístico. Esa disciplina fue la que los unió. «Sus novios se ponían muy selosos al verla entrenarse conmigo», bromea él. Lo cierto es que para ellos, que huyeron de las grandes ciudades, Vilagarcía es una suerte de paraíso que apenas conocen pero del que se han quedado prendados. La posibilidad de trabajar en los centros escolares de la comarca fue otra de las opciones manejadas por ambos pero, para su desgracia, su llegada a Vilagarcía ha coincido con el periodo vacacional y los plazos se alargan. La aventura española de dos románticos sobre dieciséis ruedas corre el peligro de rodar por los suelos. ¿Se imaginan una sección de patinaje artístico en el Inelga o en el Arousa? Como diría el indescriptible Boris Izaguirre, morir de glamour .