SERXIO GONZÁLEZ ANÁLISIS
11 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.a doble noticia de la marcha de Pérez-Santamarina y el desembarco de Pedro Soler corrió ayer como la pólvora por los pasillos del Hospital do Salnés. Y lo cierto es que el anuncio cayó como un jarro de agua fría entre la mayoría de la plantilla. Los conflictos laborales que preceden al nuevo gerente y a su equipo no parecen constituir la mejor tarjeta de pesentación para un personal sobrecargado de trabajo. No es el único motivo de inquietud. El gerente, el director médico, la jefa de enfermería y el responsable de administración son las piezas fundamentales que componen el cerebro de todo hospital. Una transición tajante En el caso de O Salnés, todos ellos serán sustituidos de un plumazo. Al parecer, Santamarina intentó hasta el último momento que alguno de sus compañeros permaneciese en el centro comarcal. Más que nada, para garantizar una transición fluida en la gestión de las instalaciones. Sin embargo, no fue posible. Cuando Pedro Soler se haga cargo del complejo arousano, tendrá que comenzar desde cero, con su propia gente. Ninguna de las cuatro mentes que pusieron en marcha el hospital le acompañará. Así las cosas, este rotundo desembarco provoca una lógica inseguridad entre la plantilla. Por ahora no ha trascendido con virulencia, pero el descontento cunde entre el personal ante la notable carga de trabajo que soporta a diario. Si a ello se unen los enfrentamientos protagonizados por el nuevo gerente y los sindicatos, el cóctel resulta, como mínimo, indigesto. El «efecto castigo» Tampoco falta en Rubiáns quien critique, perplejo, que una destitución se convierta en un nuevo nombramiento: «Es como un castigo, y veremos cómo reacciona Soler». El momento es delicado -ampliación de presupuestos, constitución del comité- y, aunque un margen de confianza es de rigor, son muchos los cabos sueltos.