El descuido de Cortegada se hace palpable en la presencia de desperdicios y el estado ruinoso de la aldea
15 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.S. G. VILAGARCÍA La situación de Cortegada, tras casi un siglo en tierra de nadie, se palpa físicamente en cuanto el visitante pone el pie en la arena de sus playas. A falta de habitantes, la comitiva que desembarcó en la isla fue recibida por un lamentable espectáculo: una cabra semienterrada, en pleno proceso de descomposición. Un breve paseo, forzado por la prohibición de acceder al interior de la isla, desvela lo que décadas de abandono pueden hacer con un espacio privilegiado. La antigua capilla no es más que cuatro muros maltrechos sin tejado. En su interior, cualquier recuerdo a un culto exige un ejercicio de ciencia-ficción. A no ser que en altar se quieran situar viejas y oxidadas sillas de playa. O, por supuesto, las omnipresentes bolsas de plástico azul. Eso sí, la entrada de la edificación está jalonada por un escudo de piedra de relativamente reciente colocación. De las viviendas que antiguamente componían la aldea de Cortegada, mejor no hablar. Cuatro piedras y poco más. Dicen que hay perros y hasta un caballo. Se habla de un vigilante. Se comenta la muerte a balazos de la mascota de un vecino que osó acercarse a la isla. Ayer, de todo ello sólo se hizo presente la basura.